UN POCO MÁS

Blasa, Tomasa, Susana y Lumière

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Mojada, Susana está mojada, se acaricia ambas mejillas con las yemas de los dedos y  nota como la humedad de algún líquido ajeno a su cuerpo se ha incrustado en su cara. ¿Se tratará de agua?, no, es algo más viscoso, ¿Será saliva?

¡Ding dong ,ding dong, ding dong, diiiiing doooong! Susana se incorpora repentinamente de un brinco. Son las ocho, la pantalla de su Iphone parpadea impasible ante la señal de una alarma programada, bosteza profundamente, estira los brazos hacia atrás hasta oír crujir su espalda y ahora sí, Susana se levanta. Lumière, su perro Labrador, aún con la lengua fuera,  la mira ansioso, con el único ojo que todavía le funciona, deseoso de recibir la caricia que desde hace algo más de una hora espera. Susana le sonríe, ladea la cabeza, le acaricia las orejas y haciéndole una mueca cariñosa lo reprende:

-¡Lumière! ¿Cómo se te ocurre? ¡Me has dejado la cara empapada!

Sin dejar de sonreír, Susana empieza con el recuento. Lleva un año trabajando como pastora, le encanta sacar a pasturar a sus ovejas, detenerse en el tiempo con ellas, disfrutar de una soledad acompañada en un entorno que hasta hace un tiempo nunca se le hubiera ocurrido tildarlo de bucólico. Ahora es distinto, hace ya tiempo que dejó atrás sus años en la ciudad, sus días como maestra en una escuela de primaria, sus carreras a contrarreloj del día a día y sus días de sentimientos compartidos.

– Veinticinco, veintiséis, veintisiete. .

– ¡Bien Lumière, buen trabajo, están todas!

Lumière agita con fuerza su larga y peluda cola, rebosante de alegría la incita a acompañarlo en su recompensa con una piedra en la boca. Susana le sonríe, le arrebata el pedrusco y  se dispone a lanzarlo, pero de repente algo la distrae, Blasa acaba de derrumbarse, la oveja gordinflona, del pelo más blanco, brillante y esponjoso que jamás haya visto se ha caído, con la mirada agonizando la observa desde lo alto de un pequeño montículo. Susana siente que el corazón se le para, echa a correr y esquivando piedras y matojos consigue alcanzarla en menos de un minuto.

-¿Qué te pasa Blasa? ¿Tienes sed? ¡Blasa levanta! ¡No puedes dejarnos solas! ¡Lumière ayúdame! No..  Tú no.. Sólo eres un perro..

Hace meses que Susana las observa, cada tarde cuando se sienta a esperar a que sus ovejas se nutran de los pocos hierbajos verdes que la tierra de secano del pueblo les puede proporcionar, Susana se detiene a fantasear con los sentimientos de las ovejas, evalúa movimientos, les adjudica un rol dentro de la manada y compara sus acciones con reacciones de la gente que rodeaba  su vida pasada.

Blasa, Blasa es la bondad personificada, de mirada altiva e intuitiva no duda en dejar de comer de su hierbajo cuando cualquier otra de sus compañeras se acerca a por un mordisco. Blasa siempre le ha recordado a su padre, cuando su chico la abandonó, no dudó en volverla a acoger en casa, comprendió incluso que no pudiera mantener su trabajo de siempre, encontrarse a diario con aquél que decidió terminar con ella para empezar de nuevo. La acunó, la arropó y cada noche la besaba en la frente.

Tomasa, ¿Dónde está Tomasa? Tomasa es  la única oveja negra de la manada, de aspecto enfermizo, con las costillas marcadas por la desnutrición de la que ni ella misma quiere hacerse cargo, aparece de repente de entre los arbustos de la charca. A galope se acerca a Blasa, la mira con unos ojos más oscuros que nunca y se deja caer hasta postrarse frente a ella, nariz con nariz, Tomasa lame a Blasa.

Susana conoce a Tomasa, oveja  orgullosa, suele apartarse de la manada en busca de su propio matojo de hierba húmeda, la mayoría de veces Susana la pierde de vista, pero Tomasa siempre regresa. Susana nunca sabe si realmente Tomasa  ha conseguido saciarse comiendo, pero  es una oveja fuerte, a Tomasa como a su madre no le gusta depender de nadie. Su madre dejó a su padre, tampoco entendió que por culpa de una ruptura Susana decidiera dejar lo único que le proporcionaba la libertad, la libertad para la independencia, un trabajo remunerado.

Susana se arrodilla, consciente de que los primeros lagrimones ya le inundan las mejillas, abraza a ambas ovejas, Lumière imitando los movimientos de su dueña no duda en hacer lo mismo. Y ahora sólo son cuatro, cuatro almas fundidas en un solo un solo sentimiento. Mañana será un bonito día para que Susana vuelva a reunirse con su familia. Y pensando en su padre, en su madre y en su hermano Andrés, Susana se abandona a la emoción.

16/07/2013

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Rojo o rosa

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Rojo o rosa, según su estado de ánimo, nunca sale de casa sin pintarse los labios. Agacha la cabeza, ladea su larga melena ondulada, tornea las muñecas y se examina la piel, blanca, casi transparente. No sabe si entiende una manera para empezar a hablar de él, lo siente tan cerca que a veces lo nota mirar a través de sus ojos, pasea, conduce, pero hoy ante todo pasea.

De pequeña fue una niña tímida y en consecuencia algo introvertida, creció imaginándose en las aventuras que leía bajo su edredón y pasó su adolescencia entre personajes apuestos, malos y menos malos que enamoraban a las tan estupendas protagonistas de sus libros. Muy pronto se descubrió bailando, el cuerpo frágil y delgado de sus catorce años tomaba vida propia con la música, a cada golpe de cajón sus caderas respondían con una ondulación de torso, giros bruscos de cadera y un torrente de melena marrón que a su vez escondían unas ya incipientes mejillas rojizas.

Le apasionó casi todo lo que aprendió en la enseñanza obligatoria, nunca mostró especial interés a que le enseñaran a utilizar un taladro y aún menos los pormenores de soldar unas placas mecánicas en favor a un futuro dado electrónico. Jamás se esforzó en comprender las leyes de la física y de vez en cuando se descubrió a ella misma mostrando algo de interés en la consecuencia de alguna que otra reacción en clase de química. Le gustaba resolver problemas en sus clases de matemáticas y aún más ser la mejor y más rápida de la clase.

Y entre tanto se nutrió de él, son tantas las cualidades de las que sin darse cuenta se fue empapando que le apasiona no poderse desprender de ellas. Independiente, le atormenta no haber buscado tiempos para indagar en su mente. Tal era todo su interior que no hacía falta que lo expusiera al mundo, le bastó con exponerse. Sabe que se realizó con mucho, que exprimió cada momento de luz, atendió a su cuerpo con una copa de vino y un paseo en bicicleta al día. Lo recuerda bajo la sombrilla, podando el limonero y preparando tazones de melocotón con cucharadas de azúcar. Lo recuerda mirándola con unos ojos de azul transparente, con sus manchitas de color blanco pintándole la piel y con una mano ensangrentada repitiendo un “no pasa nada”.

La miraba con fervor, ansioso de que le preguntara más y todavía más. Se recuerda paseando junto a él, atendiendo a historias de bares y casas que fueron y ya no son, comprando libros en FNAC y el Corte Inglés antes de la cena de nochebuena.

Recuerda hablar y hablar aún más, que le insistiera en la importancia de la familia y en la necesidad de descubrirse a uno mismo.

Lo recuerda cortando jamón y una vez más mirándola con fervor. Pocas veces le habló en castellano, él quería oírla hablar catalán. Paseante y lector nato, a los 70 uno empieza a sentir que esto termina. Hoy lo quiere más que ayer. Y así, de su abuelo aprendió que hasta que no tuviera el corazón en calma no empezaría a sentir y percibir la esencia de las personas y de todo cuánto la rodea.

21.01.16

 

 

 

Algunos cerdos no vuelan recto.

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Digo sí, digo no, es todo un flujo de obviedades y banalidades que me resulta increíble que haya cabezas dispuestas a escrutarlas. Que inútiles, que tercos y suecos son con sus días, que cerdos ansiosos de más barro con el que relamer sus patas traseras, nunca terminan en armonía de ramas si no más bien en entuertos de paja. Al final, cuando nadie se mete con nadie resulta burdo, aburrido para quién no armoniza con la historia. El tintineo de quién los rodea no atiende a cláusulas de legitimidad, si no más bien a una necesaria imprenta clara y falta de astillas sobre la cual juzgar se convierte en juego de a corto plazo inmenso placer.

Me asquea, porque ya poco me horroriza compartir momentos de vitalidad absoluta con semejante tropel de espinas. Rebozada en ello, siento la necesidad de rallarlo todo de aluminio, cortar, rasurar y si pudiera no generar algún tipo de daño físico, pisar con total y absoluta fuerza hasta tapizar su propio suelo de gelatina verde y correosa, sí, ese al que tanto adoran y y al que adularán cubriéndolo de coronas brillantes. Son las mentes de los que si bien hoy no vuelan, igual mañana lo hacen, algunos cerdos no vuelan recto.

Hablemos de sentimientos.

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Hablemos de sentimientos, de cuando lo más sencillo y lo más liviano toma forma y consciencia propia, de cuando aquellos que de verdad sienten, no transforman con sus formas lo especiado de sus cosas.

No conozco a mucha gente que se deje llevar, sin cinturones que aprieten ni corrientes que los dispersen. Aprender sin medida le es tan vital a la importancia que lo importante parece irreal.

Aquel que se aferra a sus ideas, que no permite a ningún estímulo penetrar para luego dejarlo calar, no está dispuesto a volar.

Volar es necesario, de materia obligada para el que se aferra a la rutina de un pozo. Levantar la mirada al mundo nos permite flotar, planear entre un sinfín de matices, colores y pasiones que sin preverlo atraviesan uno y otro poro sin intención de parar.

El que siente que llora amargura y se redime a fraguar no ha probado a empapar su cuerpo inerte de todo cuanto puede acarrear, hoy no basta con rebozar, ayer ya fue y mañana más.

France

Va de musas

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” Puedes destrozar todo aquello que ves porque ella de un soplo lo vuelve a crear, como si nada.”

Siempre me ha fascinado la facilidad con la que un hombre puede hacer de una mujer el estereotipo perfecto y casi divino de musa digna de todas sus atenciones, casi siempre fuera de su alcance inicial y la consecuente necesidad de su conquista.

Es curioso por otro lado, la rapidez en conversión de musas en las mentes de los más y el estancamiento perfecto de la una y única musa en la mente de los menos, normalmente ellas, las dueñas y señoras de cabezones aislados, acarrean en el bajo vientre los últimos resquicios de felicidad de su soñador.

Previa primavera, Lleida.

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Y me siento una tarde cualquiera de marzo, son las 7 y media, desde la plaça de l’ Ajuntament de Lleida y a resguardo bajo un porche miro, observo, agacho la cabeza y escribo, la levanto y vuelvo a mirar:

Porches desalmados, descorchados y encerados. Bolsos dorados y faldas cortas, granates y azules vistosos que pasean sin descaro. Gordos y calvos, sombreros en señores y chicas de pelo corto. Dos mellizas de color café a mis espaldas, gritos insensatos si remuevo la melena. Tacones frente a zapatillas, pelos afro en tejanos. Melenas sin color acaparando el cuero, procesiones de cochecitos de destino fijo. Naranja en un chaleco y el primer señor de libro en mano. Bufandas en marzo, parcas no cerradas esperando primavera. Boinas y gigantes bolsos, andar pateando papeleras más militares entre risas africanas que no atienden a las corredoras que reclaman silencio. Mochilas marrones y bolsas de tela blanca, un abrigo rosa de chicle blandito que acumula nubes. Dos de negro y uno de color naranja pilotando las dos ruedas, erguido, recto y con la cabeza en alto. Sonrisas y manos entrelazadas, no te gires y me mires. Más mochilas, más abrigos, una de rizos pelirojos y rojos en gorra. Cien mil pasos, cien mil gestos, más ni un beso entre las piedras.

Lleida a 12 de marzo de un 2015.

El exprés de Febrero.

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Y con el objetivo de llegar a hacer de este espacio un blog en tiempo real. Un blog de relatos mañaneros precedidos de auténticas experiencias nocturnas imaginadas por un subconsciente de nombre: No descanses, de apellido: Ni un poquito, procedo a recapitular su mes de Febrero.