Rojo o rosa

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Rojo o rosa, según su estado de ánimo, nunca sale de casa sin pintarse los labios. Agacha la cabeza, ladea su larga melena ondulada, tornea las muñecas y se examina la piel, blanca, casi transparente. No sabe si entiende una manera para empezar a hablar de él, lo siente tan cerca que a veces lo nota mirar a través de sus ojos, pasea, conduce, pero hoy ante todo pasea.

De pequeña fue una niña tímida y en consecuencia algo introvertida, creció imaginándose en las aventuras que leía bajo su edredón y pasó su adolescencia entre personajes apuestos, malos y menos malos que enamoraban a las tan estupendas protagonistas de sus libros. Muy pronto se descubrió bailando, el cuerpo frágil y delgado de sus catorce años tomaba vida propia con la música, a cada golpe de cajón sus caderas respondían con una ondulación de torso, giros bruscos de cadera y un torrente de melena marrón que a su vez escondían unas ya incipientes mejillas rojizas.

Le apasionó casi todo lo que aprendió en la enseñanza obligatoria, nunca mostró especial interés a que le enseñaran a utilizar un taladro y aún menos los pormenores de soldar unas placas mecánicas en favor a un futuro dado electrónico. Jamás se esforzó en comprender las leyes de la física y de vez en cuando se descubrió a ella misma mostrando algo de interés en la consecuencia de alguna que otra reacción en clase de química. Le gustaba resolver problemas en sus clases de matemáticas y aún más ser la mejor y más rápida de la clase.

Y entre tanto se nutrió de él, son tantas las cualidades de las que sin darse cuenta se fue empapando que le apasiona no poderse desprender de ellas. Independiente, le atormenta no haber buscado tiempos para indagar en su mente. Tal era todo su interior que no hacía falta que lo expusiera al mundo, le bastó con exponerse. Sabe que se realizó con mucho, que exprimió cada momento de luz, atendió a su cuerpo con una copa de vino y un paseo en bicicleta al día. Lo recuerda bajo la sombrilla, podando el limonero y preparando tazones de melocotón con cucharadas de azúcar. Lo recuerda mirándola con unos ojos de azul transparente, con sus manchitas de color blanco pintándole la piel y con una mano ensangrentada repitiendo un “no pasa nada”.

La miraba con fervor, ansioso de que le preguntara más y todavía más. Se recuerda paseando junto a él, atendiendo a historias de bares y casas que fueron y ya no son, comprando libros en FNAC y el Corte Inglés antes de la cena de nochebuena.

Recuerda hablar y hablar aún más, que le insistiera en la importancia de la familia y en la necesidad de descubrirse a uno mismo.

Lo recuerda cortando jamón y una vez más mirándola con fervor. Pocas veces le habló en castellano, él quería oírla hablar catalán. Paseante y lector nato, a los 70 uno empieza a sentir que esto termina. Hoy lo quiere más que ayer. Y así, de su abuelo aprendió que hasta que no tuviera el corazón en calma no empezaría a sentir y percibir la esencia de las personas y de todo cuánto la rodea.

21.01.16

 

 

 

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