Algunos cerdos no vuelan recto.

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Digo sí, digo no, es todo un flujo de obviedades y banalidades que me resulta increíble que haya cabezas dispuestas a escrutarlas. Que inútiles, que tercos y suecos son con sus días, que cerdos ansiosos de más barro con el que relamer sus patas traseras, nunca terminan en armonía de ramas si no más bien en entuertos de paja. Al final, cuando nadie se mete con nadie resulta burdo, aburrido para quién no armoniza con la historia. El tintineo de quién los rodea no atiende a cláusulas de legitimidad, si no más bien a una necesaria imprenta clara y falta de astillas sobre la cual juzgar se convierte en juego de a corto plazo inmenso placer.

Me asquea, porque ya poco me horroriza compartir momentos de vitalidad absoluta con semejante tropel de espinas. Rebozada en ello, siento la necesidad de rallarlo todo de aluminio, cortar, rasurar y si pudiera no generar algún tipo de daño físico, pisar con total y absoluta fuerza hasta tapizar su propio suelo de gelatina verde y correosa, sí, ese al que tanto adoran y y al que adularán cubriéndolo de coronas brillantes. Son las mentes de los que si bien hoy no vuelan, igual mañana lo hacen, algunos cerdos no vuelan recto.

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